Creación Literaria, Teresa Echeverría Artista Visual

Soy una Artista; soy imaginación en un bosque de mandarinas.


 

 

 

Escogí un día de la semana para ser quien realmente soy: Una artista. Una exploradora de la imaginación que me conforma, a través de las imágenes y de las palabras que acomodo a mi gusto, para lograr mis propias invenciones. Soy una artista aunque a veces no me la crea, aunque a veces me sienta envuelta en la negra y húmeda mortaja de lo cotidiano. Por ello, para huir de la maldita mortaja, escogí un día, uno sólo de siete, pero fragmentado en ese número de días.01127bee50ea246eeb5be0f444a9807c93e2f02742En ese día: sueño. En ese día nada es prohibido: no el amor, no los besos, no la piedra filosofal, no el sexo, no el crimen, no las caricias, no la traición, no lo ingrávido, no los secretos, no la verdad, no el asesinato, no la vida, no la magia, no la mentira y tampoco la transformación que clamo de humana a loba, de loba a ave, y de ave a loba nuevamente…

El día que contiene 24 horas, lo divido cada noche, y cada noche por unas horas, vivo mi día, el día en el que soy quien soy; en el que me convierto en tu amante o en tu verdugo, en una bruja o en un fantasma… Soy un vampiro, soy un ángel de las jerarquías celestiales más importantes, soy una flor de Loto, un Buda y un duende… Soy un hada y una ninfa y también soy un sátiro del bosque llamado Consciencia… Puedo ser todo lo que he vivido y lo que no. Soy todo lo prohibido, soy un veneno, soy la muerte misma, la tumba y el lino, el buitre y los gusanos… y luego, soy un renacer. Me reinvento ante mí y ante los ojos de los otros aunque me odien, me ignoren, me admiren, me amen o renieguen de mí. Incluso si me maldicen o si no, esas 24 horas en las que busco a mi ser y que reparto durante cada noche, soy yo, soy una Artista, así, con A mayúscula; lo mismo que soy Maya, que soy Ilusión, soy nada y a la vez, lo soy todo en un bosque de mandarinas…01b85db46a35cc5ba74f7ac0b6ab60ba75b0f5af81

 

 

 

 

 

Y algo más...

Los Acompañantes


 

Los acompañantes son seres que de una o de otra manera están a nuestro lado, en todas las circunstancias de la vida, a veces comparten experiencias con nosotros, a veces pasan tan sólo a nuestro lado sin ser vistos por nosotros, —como la gente por la calle, la que va a nuestro lado en el tráfico, los compañeros de trabajo o de clases que nunca notamos—  otras veces, son acompañantes que marcan nuestras vidas; estos acompañantes,  a veces se quedan con nosotros hasta la muerte de cada cual, como amigos de siempre o de mientras; como familia o como amantes… otros desaparecen para siempre y otros van y vienen de nuestras vidas como las olas del mar, según las circunstancias. La cosa es que nunca estamos solos nos demos cuenta o no, a veces hasta un bicho puede ser quien nos observe, una arañita, un mosco… y eso significa que alguien hay por ahí, cerca de nosotros. La misma soledad, puede interpretarse como un ente que se haya con uno: solo con mi soledad…

Y existen otros seres acompañantes que andan con uno, yo no había pensado en ellos nunca, o casi nunca, tal vez como ensueños o imaginaciones divagantes, pero ayer me lo explicó mi amiga, la Bruja Aida, cuando hablábamos de las pérdidas, de los duelos y cosas de esas, de las que no estamos acostumbrados a hablar… y que cuando llegan, nuestra desesperación es grande y no sabemos que hacer. La tristeza y el dolor son una forma natural de afrontar las pérdidas, siempre y cuando no excedan un rango de dos años más o menos según los expertos; pero lo que quiero decir, es que la muerte es un estado, así como la vida lo es también, y que esos acompañantes de los que hablo, siempre nos ayudan a las transiciones como sea que vengan, en conflictos entre vivos con vivos y entre vivos y muertos y porque no, entre muertos y muertos…

Según la Dra. Kübler Ross son acompañantes espirituales, Ella aseguraba (murió en el 2004) que desde antes de nacer y hasta la muerte de cada uno de nosotros,  hay seres de ciertas dimensiones que están siempre con nosotros, —y aunque en apariencia estamos siempre solos—, no es así. Yo no hablo de ángeles u otras formas religiosas, si no de seres espirituales que no vemos,  pero que según investigaciones fundamentadas por médicos y científicos esto es así. Y según la experiencia popular y la experiencia de los otros sentidos, esto es un algo verdadero.

No hablo tampoco de muertos, ni de fantasmas, tan sólo seres de dimensiones diferentes, y que nuestros cerebros no están hechos para detectarlos, por lo menos no a través de los ojos. En fin, siempre van a nuestro lado éstos Acompañantes.

Estas son cosas de las que antes sólo hablaba la metafísica, ahora cada día van siendo más reales, más comprobables, más verdaderas que la misma realidad…

Pienso que yo tengo mi Acompañante, y aunque a veces me cuesta mucho dar con lo que quiere decirme, nunca me deja caer hasta el fondo y me proporciona los fenómenos que debo ver para salir adelante; me lleva por caminos insospechados, —por ahora la tarea de escribir— (como catársis tal vez) o como creadora de universos que en mí habitan, y que yo desconocía en lo absoluto. ¿Qúe más puedo decir? Algunos conocen esto como voz interior, otros como conciencia, otros como el ángel guardián o el de la buena estrella, otros lo conocen como fe en algo o en alguien… lo que sea este Acompañante, ahí está para quien lo quiera ver y escuchar…

Y algo más...

Samantha Jones y Fábula gótica


© En el Libro del «Acompañante desconocido» de John A. Sanford, se habla de la forma masculina de la mujer y la forma femenina del hombre que sin lugar a dudas nos conforma a cada uno de nosotros como seres. Sanford nos explica las maneras en cómo Jung, investigador y estudioso de la psique humana; entiende estas formas nombrándolas así: Ánimus como el componente masculino de la personalidad de la mujer y Ánima, como el componente femenino de la personalidad del varón. Pensando en esto, y aplicándolo a mi persona, me acuerdo que yo siempre me quise considerar una mujer de apertura mental, que quería vivir al máximo mi propia vida, sin tomar en cuenta la opinión prejuiciosa de los demás.
Cuando descubrí la serie de Sex and the City, me encandilé con el personaje de Samanta Jones, una mujer demasiado liberal para el gusto de ciertos criterios, podría decirse que se le consideraba promiscua, atrevida y descarada, según la visión conservadora de personas con doble moral; pero para mí, era la mujer que yo quería ser, una mujer hasta cierto punto masculina… una mujer triunfadora, decidida, hermosa, fuerte y libre… y en ese sentido, ella era considerada muy, pero muy masculina, y tomando las ideas de Jung, diría que, con un gran Ánimus…
Entonces yo deseé ser masculina, tan masculina como lo era ella, en el sentido de libertad, y libertad en el sentido de ser adulta, dueña de mi cuerpo, de mis decisiones, de mis sentimientos, de mi autonomía económica y de mi manera de pensar; como casi les era dado ser a los hombres de mi tiempo — porque ellos tampoco eran libres como trataban de demostrarlo— Así que tomando a esta mujer como mi ejemplo, me di la libertad de gozar mi sexualidad como hacía Samantha Jones, me sentí en libertad de enamorarme de hombres y de mujeres, sin sentir prejuicio o culpa en admitir la belleza y la ternura de alguna mujer, me sentí en la libertad de conocer mis propios lugares secretos bajo mis propias reglas; me sentí en la libertad de amar a hombres más jóvenes que yo, de disfrutar de su virginidad mental y de su frescura; me sentí capaz de rechazar a hombres viejos que me daban asco por su vejez, por su olor y por su actitud ególatra, sintiéndose tan hombres… cuando se atrevían a ofrecerme cosas y dinero, cuando se atrevían a traicionar sus votos con otras mujeres que confiaban en ellos, cuando se atrevían a pedirle a una mujer, a mí, tener «aventuras con ellos» valiéndose de mis necesidades materiales y mi vulnerabilidad emocional, para que yo aceptara su horripilante ancianidad y decadencia… ¡Quién quiere a un vejete casado, cuando se puede disfrutar de un hombre joven, atractivo y libre…Yo, eligiendo ser yo...! Me atreví a decir NO, cuando yo quería decir No, y a escoger y a decidir… como casi le era permitido hacer a los hombres…
Me atrevía también, con resultados casi siempre catastróficos, a defender mis opiniones y mis derechos, aunque fuese mal visto y aunque obvio, a nadie o a casi nadie, le interesaban los problemas de una mujer sola… a menos que hubiera alguna ganancia de por medio, para el hombre que se atreviera a ayudar…
Me atreví a vivir mi vida como Samantha Jones y ahora puedo decir que le agradezco haberme enseñado otra forma de vivir y de pensar respecto a una mujer, donde la nueva visión de una misma era la de ser tan valiosa (como lo es un varón, para la sociedad hipócrita); y casi hasta más, por no depender de un falo erecto para ejercer el gozo de la sexualidad y la  apertura del pensamiento y la intelectualidad, y entender que disfrutar del sexo era una maravillosa experiencia de vida y no una carga en la que una mujer debe arrastrar culpas y pecados en la mente y en el corazón.
Y aunque como he dicho antes y concluyo ahora:
Muchos no me supieron entender, me juzgaron, me condenaron y me abandonaron. El precio ya lo he pagado muchas veces, y supongo que aún hay facturas por pagar —¡en pleno siglo veintiuno!— y sé, que me las cobrarán hombres y mujeres que aún no se encuentran a sí mismos y lo único que pueden hacer es atacar a quienes con temor ven diferentes… porque eso sí, yo aprendí a través de Samantha Jones a ser una mujer con un gran Ánimus, mi Ánimus, yo aprendí a ser mi propia Fábula Gótica…